Editorial

JAIDÉ TORRES: Cicatrices del Silencio


A lo largo de la vida recibimos cosas, tanto buenas como malas, de todas se aprende. De algunas se aprende a través del dolor. Se hace guardando un silencio aturdidor que es acompañado de lágrimas en los ojos. Estos últimos días me he preguntado si lo merecía, si sus palabras tenían algo de verdad. Han tenido un poder devastador sobre mi, me han hecho sentir tan pequeña e insignificante como la nada.

Despertar ese día fue abrir los ojos a una cruel realidad, fue encontrar huellas de que había ido más allá de las palabras. Cruzó la línea entre ellas y mi piel. Mi reflejo en el espejo fue un recordatorio de que mi única compañía en esta vida ha sido la soledad; de que la gente vacía existe y de que cuando a esto le sumas poder, se piensan merecedores de todo y toman todo sin pedir permiso.

Pero sabes, tengo que confesarte algo, no es la primera vez que alguien trasgrede esta delicada línea, tenia tan solo 6 años cuando conocí el dolor por primera vez, y aunque soy fuerte, debo admitir que esto me ha rebasado y he derramado un mar de lágrimas. He perdido mis fuerzas, estoy débil y como cuando eso me pasa, me reduzco, me transformo, intento pasar desapercibida, me contraigo. Soy una diminuta bolita de cristal que aspira a no ser vista por nadie. Pero mi deseo no fue cumplido y la oscuridad se tornó blanca, entonces estabas ahí. Te vi de nuevo. Volví a sentir desesperación y miedo. Al cerrar mis ojos sentí el frío de tus manos, el calor de tus pensamientos, la ira de tu mirada. Me duele tener que llorar por estar pasando por lo mismo que sufrí hace tiempo, aunque ahora con más madurez, no deja de doler.

Lo que me has hecho no lo olvidaré, será aprendizaje, lo lloraré porque es mi cuerpo el dañado y tal vez viva con el miedo de que nuestros destinos crucen un día de estos. Pero sabes, no te guardo rencor, mi corazón no tiene odio para darte y ojalá vivas tranquilo con todo aquello que me arrancaste. Ojalá estés satisfecho al saber que me partiste en mil pedazos y espero que la tranquilidad que me robaste te sirva a ti.

Por último, te quiero pedir que no olvides que, por un momento de placer o un acto de venganza, me hiciste un gran daño, reviviste en mí un dolor que pensaba muerto.

Bienvenida Jaidé. Los jóvenes requieren espacios de expresión, pero también el compromiso para conquistarlos.

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