Por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ GUZMÁN
La alerta nacional por el repunte de casos de sarampión y el reacomodo de agendas públicas rumbo a la primavera colocan nuevamente a Chihuahua en un punto de atención estratégica. No es un fenómeno aislado: la geografía, la movilidad y la vocación productiva del estado lo convierten, de manera recurrente, en un referente obligado cuando el país enfrenta tensiones sanitarias o requiere anclajes de estabilidad regional.
El incremento de casos de sarampión en distintas entidades activó protocolos que, en Chihuahua, encontraron una estructura operativa ya probada. La experiencia acumulada en campañas de vacunación, la coordinación entre jurisdicciones y la capacidad de respuesta en zonas urbanas y rurales permiten mantener vigilancia reforzada sin caer en escenarios de alarma. En un contexto donde la movilidad fronteriza es un factor determinante, la disciplina institucional vuelve a ser un activo.
En paralelo, la invitación formal a la Feria Nacional de San Marcos abre una ventana de proyección para Chihuahua. Más allá de la presencia cultural o turística, se trata de un recordatorio de que el estado participa activamente en los circuitos nacionales donde se construyen narrativas económicas, de identidad y de intercambio. La feria, con su peso histórico y su capacidad de convocatoria, funciona como un espacio donde los estados muestran lo que son y lo que aspiran a ser.
Ambos temas, la vigilancia sanitaria y la proyección cultural, parecen distantes, pero convergen en un punto: Chihuahua aparece como un actor confiable, capaz de responder con seriedad ante riesgos nacionales y, al mismo tiempo, de integrarse con naturalidad a los grandes escaparates del país. Esa dualidad, tan propia del estado, sostiene su relevancia en momentos donde México necesita certezas.
En tiempos de epidemias y ferias, de alertas y celebraciones, Chihuahua vuelve a demostrar que su papel no es periférico. Está, otra vez, en el centro del mapa.











