CAMARGO.- Este viernes millones de católicos en Chihuahua y el mundo recuerdan la crucifixión y muerte de Jesucristo.
La Iglesia Católica para este día recuerda algunas consideraciones sobre la Pasión de Jesucristo:
NECESIDAD DE UN REDENTOR
Peca Adán, y rebélase contra Dios, y, por ser el primer hombre y padre de toda la humanidad, queda él perdido con todo el género humano. Fue tan grande injuria hecha al Señor, que ni los sacrificios de Adán y Eva y todos los sacrificios de los hombres bastaban para resarcir y pagar la deuda que el hombre había contraído con Dios, por ese primer pecado.
Vino, pues, al mundo el amoroso Redentor y quiso, al hacerse hombre, remediar todos los daños que el pecado había ocasionado. Y, a la vez, con sus enseñanzas, y ejemplos de su vida virtuosa y santa quiso inducir a los hombres a observar los divinos preceptos, conquistando así la vida eterna.
Por tal fin renunció Jesucristo a todos los honores, delicias y riquezas de que hubiera podido disfrutar en esta vida, eligiéndose otra humilde, pobre y atribulada, hasta morir de dolor en una cruz.
JESUCRISTO NOS QUISO REDIMIR POR EL CAMINO DE LA CRUZ
Cuando el Verbo divino se brindó a redimir a los hombres, se le presentaron dos caminos para conseguirlo, uno de gozo y de gloria, y el otro de penas y vituperios.
Mas Cristo quien con su venida no sólo quería librar a los hombres de la muerte eterna, sino también conquistarse el amor de todos los corazones humanos, rechazó la vida de gozo y de gloria y eligió la de penas y vituperios.
Por lo tanto, para satisfacer por nosotros a la divina justicia y a la vez para inflamarnos en su santo amor, quiso cargar con todas nuestras deudas y, muriendo en la cruz, quiso también alcanzarnos la gracia y la vida bienaventurada, según se expresa Isaías: “Nuestros sufrimientos él los ha llevado, nuestros dolores él los cargó sobre sí”.
JESUCRISTO MURIÓ PARA EXPIAR NUESTROS PECADOS
El Redentor aceptó una muerte tan ignominiosa porque moría para pagar nuestros pecados, y por eso quiso ser circuncidado cual pecador, ser rescatado en su presentación en el templo, recibir el bautismo de penitencia de manos del Bautista, y, finalmente, en su pasión, quiso que le clavaran en la cruz para pagar nuestras malditas licencias.
Quiso, también con su desnudez pagar nuestra avaricia, con su humillaciones nuestra soberbia, con su obediencia a los verdugos nuestras ambiciones de dominio, con sus espinas nuestros malos pensamientos, con su hiel nuestras intemperancias y con los dolores de su cuerpo nuestros sensuales placeres.
LA MUERTE DE CRISTO ES NUESTRA SALVACIÓN
En suma, todo el bien que podamos tener, toda, toda salvación y toda esperanza, todo en absoluto lo debemos a los méritos de Jesucristo, como dice S. Pedro: “Y no se da en otro ninguno la salud, puesto que no existe debajo del cielo otro nombre, dado a los hombres, en el cual hayamos de ser salvos”.
De modo que no tenemos esperanza de salvación más que en los méritos de Jesucristo; de lo que concluye Santo Tomás, con todos los teólogos, que, después de la promulgación del Evangelio, hemos de creer explícitamente, no sólo como necesidad de precepto, sino también de medio, que sólo podemos salvarnos por medio de nuestro Redentor.
Todo el fundamento, por tanto, de nuestra salvación, esta en la humana redención, llevada a cabo en la tierra por el Verbo divino.
LA PASIÓN DE CRISTO, MOTIVO DE CONFIANZA Y DE AMOR
¿Cómo se explica, pues, que muchos cristianos se impresionan tan poco ante la pasión de Jesucristo? La razón es que pocos son los que se detienen a considerar cuánto padeció Jesucristo por nuestro amor.
Por lo mismo debemos de detestar aquellos malditos placeres que me hicieron perder tu gracia. Os amo, amabilidad infinita, y quiero amarte siempre, y la memoria de mis pecados me servirá para inflamarme más en tu amor, ya que te dignaste buscarme cuando de ti huía. No; ya no quiero separarme más de ti ni dejar de amarte, Jesús mío.
Por último acudamos a María Santísima pidiéndole: ¡Oh María, refugio de pecadores!, que has participado de los dolores de tu Hijo en su muerte, ruégale Señora mía y Madre mía que me perdone y me otorgue la gracia de amarlo.




