Supe que la vida se acaba, que tiene termino y que la muerte no es un evento exclusivo de los demás, es uno donde un día, cercano o lejano, seré el protagonista de esa tarde gris, de esa tarde lluviosa de ya no más.
La gente, al enterarse, regalarán una exclamación de solidaridad, otros pasarán la noticia sin ponerle atención. No los juzgo, tienen apuro por seguir su rutina; unos pocos sufrirán por un tiempo, los menos; los realmente cercanos me regalarán un espacio en su archivo de recuerdos, pero, aun así, seguirán su vida. Lo harán porque de eso se trata, seguir y seguir hasta que tu reloj se detenga.
La muerte ha merodeado mi vida desde hace unos años: cerré los ojos y estaba debajo de un tráiler, otro pestañeo y estaba en un hospital; un tiempo después el mar me arrastró, la delincuencia fue mi más reciente encuentro con ella. Aprendí la lección en mi primer evento, el segundo lo reforzó.
Supe que moriría y que a pocos les importaría. Para hacerlo no se necesita estar viejo, no se necesita estar enfermo, porque hay viejos que viven más que algunos jóvenes y hay enfermos que regresan de batallas perdidas para ceder su lugar a los sanos.
Todas las mañanas me levanto y doy gracias a la vida por estas experiencias. Tomar consciencia de la muerte como evento propio, me ha hecho apreciar más las pequeñeces; me emociona comerme una paleta, un persimonio o un… mango, igual que cuando era niño. Aprendí a aceptarme y a quererme, porque no puedes dar lo que no tienes, si no te quieres a ti, es complicado querer a alguien más. Decidí usar el verbo querer con más frecuencia. Procuro usarlo a diario en mi vocabulario, pero más aún en mis acciones. El amor es mejor expresarlo en acciones que en palabras, aunque no debemos de callarlo.
Tengo amigos ancianos, pero también muy jóvenes, de todos se aprende, todos producen sonrisas en tu rostro, imprimen memorias que te acompañarán en tu trayecto.
Aprendí que la vida no es plana, hay cimas, depresiones y largas rectas. En las crisis hay que recordar los momentos buenos para agradecerlos y en los puntos altos debemos recordar que son momentáneos. Todo es efímero, lo bueno y lo malo lo son. Hay que aprender a vivir con los malos y vivir a pesar de los buenos.
La vida se va en pestañeos, está contenida entre uno y otro, es por ello que decidí no invertir mi tiempo en rencores, en envidias, en repartir culpas, es por eso que decidí vivirla, solamente vivirla. Hacer lo que me gusta, hacerlo con intensidad, disfrutar de la gente, pero más de mi soledad, sentir la música, el viento rozar mi rostro, caminar más entre la lluvia, llenar mis dedos de tierra, provocar sonrisas en vez de seriedad en los que me rodean, luchar con fuerza descomunal, correr más rápido, levantarme más temprano, acostarme más tarde, beber aquel vino que siempre quise probar, perfumarme a diario con el Savage que era para ocasiones especiales, vestir la ropa que era para ocasiones especiales, hoy es un día especial. Lo es porque estoy vivo y no sé… quizá es mi último día.
Por todo esto amaré a tope, sonreiré a tope. Viviré como si fuera mi último día. Estoy seguro de que uno, estas líneas dejarán de ser frase hecha para convertirse en realidad y entonces… podré cerrar los ojos con la tranquilidad de haber vivido sin reservas.






