POR: Luis Fernando González Guzmán
La ausencia de la gobernadora Maru Campos en el Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum no es un dato menor. En política, la presencia comunica, pero la ausencia también. Y a veces comunica más.
En un país donde la relación entre federación y estados define buena parte de la gobernabilidad, una silla vacía en un acto de esta magnitud se convierte en un símbolo. No necesariamente de ruptura, pero sí de distancia. Y en política, la distancia siempre tiene lectura.
El primer plano es institucional. Los informes presidenciales son espacios donde los gobiernos estatales suelen mostrarse, no por protocolo, sino por señal de coordinación. No asistir rompe la inercia y obliga a preguntarse qué mensaje se quiso enviar: ¿prudencia?, ¿desacuerdo?, ¿cálculo?, ¿simple agenda? La interpretación queda abierta, pero el gesto queda registrado.
El segundo plano es político. En un momento donde el país redefine equilibrios y donde la relación entre gobiernos locales y el federal atraviesa tensiones visibles, la ausencia de una gobernadora adquiere peso. No porque implique confrontación, sino porque evidencia que la relación no transita por la vía de la cercanía. Y eso, en un sistema centralizado, siempre importa.
El tercer plano es territorial. Chihuahua ha construido históricamente una identidad política propia, a veces alineada, a veces crítica del centro. La no asistencia puede leerse como continuidad de esa tradición: marcar autonomía, evitar sobrerrepresentación o simplemente no entrar en una narrativa que no se considera propia.
La reflexión final es esta: En política, los silencios también hablan. Y la ausencia de Maru Campos en el informe presidencial no genera ruido, pero sí deja eco. Un eco que obliga a observar con más atención cómo se moverán las coordenadas entre Chihuahua y la federación en los meses que vienen.
La silla vacía no confronta. Pero sí señala.





