Por: Luis Fernando González Guzmán
CUANDO LA FE COMIENZA A CEDER.-Hay momentos en que un hecho aparentemente sencillo revela una verdad más profunda. La misa por la lluvia celebrada este viernes a la orilla del lago Toronto, con la presa La Boquilla al 27%, fue uno de esos momentos. Asistieron entre 150 y 180 personas, más de las previstas, incluso al grado de que algunos fieles no alcanzaron a comulgar porque las hostias se acabaron. Pero detrás de esa buena noticia se asoma una realidad que la propia comunidad católica reconoce sin rodeos: la asistencia a las celebraciones religiosas va a la baja, sostenida y silenciosamente.
La Iglesia lo sabe. Los sacerdotes lo comentan entre líneas. Los laicos lo admiten con franqueza. Y quienes más lo resienten son precisamente aquellos sectores que históricamente daban sentido a estas misas: agricultores, ganaderos y pescadores, hoy ausentes en un número que ya no puede atribuirse a la casualidad ni a la agenda del día.
SIN HOSTIAS SUFICIENTES; LA FE CEDE HASTA LA MISMA MÉDULA. –La misa por la lluvia, que en otros tiempos convocaba a familias enteras, a productores preocupados por el temporal y a comunidades completas, hoy se sostiene con grupos reducidos, fieles constantes y parroquias que hacen lo posible por mantener viva la tradición. La ausencia no es un dato aislado: se repite en las celebraciones cotidianas, en las parroquias del decanato, en las fiestas patronales y en los encuentros comunitarios. La curva no sube; se mantiene descendente.
No se trata de un abandono abrupto, sino de un desgaste lento. Una mezcla de secularización, cansancio, nuevas rutinas, prioridades cambiantes y una relación con lo religioso que ya no ocupa el mismo lugar en la vida pública ni en la privada. La fe sigue ahí, pero su expresión comunitaria se ha vuelto más tenue.
LA FELIGRESÍA QUE SE REDUCE A LA VISTA DE TODOS. –La misa de este viernes, con la presencia del Padre Carlos Barrio, el Padre Irineo Beltrán, el Padre Luis Armando Carrasco, el Padre Marco Estrada y el Padre Javier Domínguez, mostró dos realidades simultáneas: una comunidad que todavía responde cuando la causa es urgente, y una Iglesia que observa cómo su base se reduce, especialmente en los sectores que antes eran columna vertebral de estas convocatorias.
La sequía es física, pero también simbólica. Falta agua en la presa, pero también falta presencia en los templos. Y aunque la Iglesia mantiene su misión, su ritmo y su esperanza, el fenómeno ya no puede ignorarse: la participación religiosa está cambiando, y lo hace a un ritmo más rápido que la capacidad institucional para comprenderlo.
SEQUÍA EN EL CIELO Y EN LA TIERRA.-Quizá la pregunta ya no sea por qué llueve menos, sino por qué acuden menos. Y qué significa, para una región que siempre ha encontrado en la fe un punto de encuentro, que ese punto comience a vaciarse.
Porque cuando la comunidad deja de reunirse, no solo se pierde un rito: se pierde un espejo. Y en ese espejo, la Iglesia empieza a ver con claridad que la ausencia también es un mensaje.





