HOGARES CONSTRUIDOS DESDE LA IMPOSICIÓN. -En una sociedad que busca proteger a sus niños, existe una herida silenciosa que aún supura: el abuso infantil perpetrado dentro del hogar, muchas veces por figuras que deberían ser protectoras. Entre ellas, la del padrastro ocupa un lugar alarmantemente recurrente en las historias de dolor que viven miles de menores. No todos los padrastros son abusivos, y caer en generalizaciones sería injusto. Sin embargo, es necesario reconocer que, en múltiples denuncias, esta figura aparece como agresor. ¿Por qué? Tal vez porque el vínculo con el menor no se construyó desde el afecto, sino desde la imposición. O porque algunos hombres ven en el hogar ajeno una oportunidad para ejercer control y violencia donde nadie los confronta.
EL ABUSO OCURRE EN CASA. -Cuando el abuso ocurre en casa, el daño se multiplica. El menor no solo sufre violencia física, psicológica o sexual, sino que lo hace en el lugar donde debería sentirse seguro. El miedo lo silencia. La confusión lo paraliza. Y la indiferencia lo condena. Muchos casos ni siquiera llegan a ser denunciados. La madre, atada emocional o económicamente al agresor, puede negarse a ver la realidad. Las instituciones, sobrecargadas o indolentes, fallan en su deber de proteger. Y así, el ciclo se repite.
UNA DEUDA CON LA NIÑEZ. –Las autoridades tienen una deuda con la niñez. Es urgente fortalecer protocolos de detección, proteger con rapidez al menor y garantizar justicia ejemplar. Pero también es fundamental educar: desde casa, desde la escuela, desde la televisión. Los niños deben saber que su cuerpo les pertenece, que nadie debe tocarles sin su consentimiento y que decir “no” está bien.
Cada vez que se denuncia a un agresor, se rompe una cadena. Cada vez que un niño es escuchado, el miedo pierde fuerza. Y cada vez que una madre elige a su hijo por encima de su pareja, la esperanza se asoma.
PD.-No podemos salvar a todos los niños del mundo. Pero sí podemos empezar por creerles. Por protegerles. Por hablar de esto, aunque incomode.
Porque el verdadero amor de un padre —sea biológico o no— nunca duele.





