POR/Luis Fernando González Guzmán
En política, las campañas suelen medirse por la fuerza de sus estructuras antes que por la intensidad de sus discursos. Y en ese sentido, lo que hoy proyecta el panismo de Camargo alrededor de la aspiración estatal de Marco Bonilla dista mucho de reflejar una operación articulada.
Las señales son públicas. Por un lado, el líder moral del PAN local, Carlos Aguilar, optó por manifestar simpatía hacia la posible candidatura del exfiscal César Jáuregui, una postura que podría interpretarse como el reflejo de una corriente que identifica a la vieja guardia albiazul. No se trata únicamente de una opinión; en política, los mensajes de ciertos perfiles suelen leerse como guiños hacia sectores específicos de la militancia.
Por otra parte, tampoco se percibe un respaldo compacto del grupo que actualmente gobierna el municipio hacia quien se ha presentado como el coordinador estatal de la plataforma “Patria, Libertad y Familia”, lo que alimenta la percepción de que los distintos liderazgos locales continúan transitando rutas paralelas más que un proyecto común.
A ello se suma una decisión estratégica que también genera cuestionamientos. Marco Bonilla designó al diputado Arturo Zubía como su representante político en la región. Sin embargo, la apuesta ocurre en un contexto donde el legislador enfrenta un severo desgaste derivado de años de exposición pública y confrontaciones políticas, circunstancia que podría limitar la capacidad de ampliar apoyos más allá de los grupos ya convencidos.
El resultado es una fotografía poco alentadora para cualquier proyecto que aspire a construir competitividad desde ahora. Mientras otros actores comienzan a ordenar estructuras y alinear liderazgos, en Camargo el PAN parece enviar mensajes distintos desde sus propios frentes.
La política rara vez castiga las diferencias internas; lo que suele cobrar factura es la incapacidad de administrarlas. Y, por lo pronto, más que una estrategia regional consolidada, lo que se observa es una suma de esfuerzos dispersos. Si esa dinámica persiste, el problema dejará de ser una percepción para convertirse en un obstáculo político real.





