MÉXICO.- La mañana del 21 de septiembre, soldados y marinos irrumpieron en Los Quintero, un rancho enclavado en Colipa, Veracruz.
El objetivo: rastrear pistas sobre la desaparición del empresario Neptalí González López. Lo que no esperaban encontrar era a la presidenta municipal en funciones, Gabriela Alejandra Ortega Molina, alcaldesa morenista de 38 años.
El rancho, según los registros oficiales, pertenece a José Gil Quintero, sobrino de Rafael Caro Quintero, uno de los capos históricos del narcotráfico mexicano y líder del Cártel de Caborca.
Durante ocho horas, Ortega Molina permaneció bajo custodia de las fuerzas armadas mientras peritos revisaban la propiedad. No existía orden de aprehensión en su contra, pero el simple hecho de haber sido localizada en un sitio vinculado a la familia Quintero detonó una ola de dudas: ¿qué hacía ahí la alcaldesa de un municipio marcado por la violencia y la disputa criminal?
Al caer la tarde, fue liberada. El dueño del rancho y sus escoltas habían escapado minutos antes del operativo, dejando tras de sí un escenario cargado de sospechas.
Hasta ahora, la alcaldesa no ha dado explicaciones públicas. Su silencio alimenta versiones encontradas: desde una posible visita personal hasta especulaciones sobre vínculos políticos con quienes operan en la sombra del crimen organizado en el norte de Veracruz.
El episodio no solo exhibe la vulnerabilidad de la región, sino también el choque de dos mundos: el de la política local y el de las redes criminales que, una y otra vez, terminan cruzando caminos.





