Hay personas que no necesitan hacer ruido para dejar huella. Hombres que no buscan reflectores, pero cuya sola presencia basta para darle rumbo a una familia, a un barrio, a una vida. Uno de esos hombres fue mi amigo Jaime Salvador Trejo Suárez.
Hoy escribo con el corazón apretado, porque se nos adelantó un hombre bueno, honesto, cabal, de esos que ya casi no se fabrican.
La noticia llegó desde Midland, Texas, donde el pasado 15 de mayo, a los 75 años, Jaime partió a la presencia del Señor. Y aunque su cuerpo se fue lejos, su historia, su carácter y su ejemplo siguen aquí, en Camargo, donde nació aquel 17 de febrero de 1951, y donde aprendió a vivir con la frente en alto.
Conocí a Jaime como se conocen a los hombres íntegros: sin poses, sin máscaras, sin rodeos. Era de palabra firme, de mirada franca, de esos que te dicen la verdad, aunque duela, pero siempre con nobleza. Tenía esa mezcla rara de responsabilidad y alegría que solo poseen quienes han trabajado toda la vida sin perder la capacidad de reír.
Fue mecánico automotriz, oficio que ejerció con orgullo, con manos curtidas y corazón grande. Quien lo llevó su carro alguna vez sabe que Jaime no solo arreglaba motores: también daba consejos, escuchaba historias y regalaba calma. Era un hombre que sabía de tornillos, pero también de vida.
Su fe católica lo acompañó siempre. No era de discursos largos, pero sí de convicciones profundas. Encontró fortaleza en Dios y en su familia, que fue su centro, su motor y su mayor orgullo.
Y qué familia tan hermosa deja.
Su esposa Bertha Alicia Díaz Hurtado, compañera de vida.
Sus hijos Salvador, Lisett y Jaime Alberto, formados bajo su ejemplo.
Y sus nietos —Salma, Salvador, Pablo, Eddy, Edwin, Ethan, Jaime Alberto, Camila Nicole y Juan Manuel— que crecieron con el privilegio de tener un abuelo que enseñaba más con acciones que con palabras.
Jaime amaba el béisbol. Ese deporte era para él más que un juego: era memoria, era convivencia, era identidad. Lo recuerdo emocionado, analítico, apasionado, celebrando una buena jugada o discutiendo una mala decisión del ampáyer. También disfrutaba la música, las reuniones sencillas, las pláticas largas y la cerveza bien fría. Era alegre, ocurrente, directo, pero siempre respetuoso.
Hoy, mientras su familia en Texas comparte su dolor y agradece las muestras de cariño, aquí en Camargo lo recordamos como lo que fue:
un hombre bueno,
un padre ejemplar,
un esposo entregado,
un amigo leal,
un trabajador incansable,
un ser humano que dejó más de lo que tomó.
Su legado es simple y poderoso: amor, esfuerzo y unión familiar. Eso no se borra. Eso no se olvida. Eso se hereda.
Los servicios funerarios se darán a conocer próximamente.
Mientras tanto, quienes lo quisimos elevamos una oración por su descanso.
Que Dios le conceda la luz perpetua.
Descanse en paz mi querido Jaime Trejo.





