POR LUIS FERNANDO GONZÁLEZ GUZMÁN
Hay espacios que no deberían caer. No porque sean de concreto, sino porque son de historia. La antigua preparatoria federal por cooperación “División del Norte”, la obra impulsada por el insigne maestro José Pablo Meouchi Meouchi y un grupo de notables camarguenses, fue durante 45 años la puerta de entrada a la educación media superior en la región. Miles de jóvenes cruzaron sus pasillos, encontraron ahí disciplina, vocación, identidad y, en muchos casos, el primer impulso para construir una vida distinta.
Hoy, ese mismo lugar es irreconocible.
Las aulas donde Meouchi enseñó con rigor y cariño están convertidas en un albergue improvisado para jornaleros agrícolas, en su mayoría indígenas. El sitio es un conjunto de ruinas: suciedad, hacinamiento, basura, pobreza. Un espacio que alguna vez fue orgullo comunitario hoy es símbolo de abandono y de una cadena de decisiones extraviadas que se extendió por décadas.
La historia del litigio que terminó por entregar el inmueble a particulares es tan simple como dolorosa. En los años noventa, bajo la administración de Don Gustavo Deandar García, el municipio compró el terreno. La operación se pagó, se formalizó y se integró al patrimonio educativo de Camargo. Años después, los documentos de la compra-venta fueron entregados, sin registro institucional, a la campaña de César Duarte, con la esperanza de obtener mejoras para el complejo. Los papeles se perdieron. Y con ellos, se perdió la certeza jurídica de un espacio que representaba el corazón académico de la ciudad.
La familia propietaria reclamó el terreno. El litigio avanzó. Y todo indica que el fallo les favoreció.
Así, lo que fue preparatoria, lo que fue incubadora de empresas construida en la administración 2004–2007 de Manuel Acosta Lara, lo que fue proyecto de desarrollo y orgullo educativo, terminó convertido en un albergue insalubre, sin control, sin acompañamiento y sin memoria institucional que lo proteja.
La reflexión es inevitable: cuando la historia se administra con descuido, el futuro se paga con ruinas. No se trata de buscar culpables, sino de reconocer que Camargo perdió un símbolo, un espacio que representaba la visión de un maestro libanés que adoptó esta tierra y la transformó con trabajo, disciplina y amor por la educación.
Hoy, ver la preparatoria destruida es ver cómo se fractura una parte de nuestra identidad. Es aceptar que la falta de continuidad, de resguardo documental y de voluntad política puede borrar en unos años lo que generaciones construyeron en décadas.
Pero también es un llamado.
Un llamado a recuperar la memoria de Meouchi, a reconstruir la historia con claridad, a exigir que los espacios educativos no vuelvan a quedar a merced de litigios, campañas o descuidos. Un llamado a entender que la infraestructura pública es más que ladrillos: es la casa donde se forma el carácter de una comunidad.
Camargo merece que su pasado educativo sea honrado. Y merece que sus ruinas dejen de ser ruinas.





