Por Luis Fernando González Guzmán
¿QUÉ ESTÁ PASANDO CON LA AUSTERIDAD REPUBLICANA?.-En los albores de la Cuarta Transformación, la austeridad republicana ha sido más que una consigna, en realidad, una bandera, promesa y símbolo de ruptura con el viejo régimen. “No puede haber pueblo pobre con gobierno rico”, repetía hasta el cansancio el presidente López Obrador, mientras Claudia Sheinbaum, hoy presidenta, insiste en mantener esa línea con llamados constantes a la mesura, la disciplina fiscal y la erradicación de privilegios. Sin embargo, la realidad parece haber tomado otro rumbo. La reciente compra de una casa de más de 12 millones de pesos por parte del senador Gerardo Fernández Noroña en Tepoztlán, junto con los viajes al extranjero de figuras como Ricardo Monreal y otros funcionarios de Morena, han encendido una discusión que ya no puede evitarse: ¿la austeridad sigue siendo un principio rector o se ha convertido en un accesorio decorativo?
Entre la justa medianía y el lujo justificado. –Los defensores de estos gastos aseguran que todo está declarado, que se trata de recursos propios, que no hay ilegalidad. Pero el debate no es jurídico, sino ético. ¿Puede un representante de la cuarta transformación vivir como aristócrata mientras millones de mexicanos siguen esperando justicia social? La presidenta Sheinbaum ha reiterado que no habrá aumentos salariales para funcionarios de alto nivel durante su sexenio, y ha impulsado reformas para hacer más eficiente el gasto público. Pero sus exhortos chocan con una muralla de cinismo dentro de su propio movimiento. Como lo cita una frase de dominio popular: “la austeridad murió a manos de quienes juraron vivirla”.
¿Qué queda entonces?.-Queda la contradicción. Queda el desencanto. Queda la necesidad de revisar si la austeridad republicana fue un ideal transitorio o una promesa traicionada. Y queda, sobre todo, la responsabilidad de nosotros los medios y de la ciudadanía de no normalizar el doble discurso.
PD.-En tiempos donde la confianza institucional se construye con hechos, no con frases, urge que los representantes públicos entiendan que la austeridad no es una obligación legal, pero sí una expectativa moral. Porque si el discurso se desvanece entre cenas de lujo y propiedades millonarias, lo que muere no es solo una narrativa: es la esperanza de un México distinto.





